Saskia Sassen

 En sus trabajos más recientes, Saskia Sassen plantea que la ciudad del siglo XXI se está transformando de escenario físico convencional a nodo estratégico de fuerzas transnacionales, tecnológicas y socioculturales. Esta transformación exige replantear la planificación urbana: ya no basta con zonificar y construir, sino que hay que repensar escalas, flujos, gobernanzas y la forma como la ciudad se inserta en circuitos globales y locales.  

1. La ciudad como territorio de la globalización localizada 
Sassen argumenta que muchas de las dinámicas que antes considerábamos globales finanzas, cadenas de servicios especializados, capital, datos se “localizan” en ciudades : firmas que operan globalmente necesitan proximidad física, concentrada, lo que resucita el valor de la ciudad como espacio de producción y de metáforas de poder. Esto implica que la planificación urbana del siglo XXI no puede seguir pensando solo en “infraestructura local”, sino debe considerar su rol en redes mucho más amplias: qué tan conectada está la ciudad, cómo captura valor de esos circuitos, cómo interactúa con lo global sin perder lo local. 

2. Desigualdad espacial, expulsiones y captura del valor urbano 
Una de las alertas que Sassen lanza es que este nuevo régimen urbano tiende a acentuar divisiones sociales: espacios altamente valorados (centros globalizados, distritos de servicios especializados) conviven con periferias desplazadas, barrios informales, poblaciones “expulsadas” de esos núcleos. Desde la planificación, esto exige instrumentos que no solo definan dónde se construye, sino quién accede, quién se queda fuera, y cómo se regula la plusvalía urbana: la ciudad ya no es solo contenedor, sino máquina de producción de valor, que necesita que los instrumentos de ordenamiento, movilidad, suelo y vivienda se articulen estratégicamente. 

3. La ciudad como intersección de lo técnico, lo sociocultural y lo político 
Sassen enfatiza que la ciudad contemporánea es “un territorio donde múltiples procesos intersectan” : tecnológicos (datos, redes, plataformas), socioculturales (migraciones, subjetividades transnacionales), políticos (gobernanza más allá del Estado-nación). Para la planificación urbana, esto significa que no basta con evaluar densidad, infraestructura, vialidad: también hay que incorporar la dimensión de la gestión de flujos (personas, datos, capital), la forma como los espacios públicos se constituyen como escenarios de ciudadanía global, y cómo la gobernanza local se articula con lógicas supra-locales. 

4. Apertura, prototipado y experimentación 
En el documento “The Quito Papers: A New Manifesto for Urban Planning in the 21st Century”, en el que Sassen participa, se propone que las ciudades deben adoptar un modelo “abierto” para el siglo XXI : poroso, experimental, inclusivo. Esto implica que la planificación urbana debe contemplar prototipos urbanos, pilotajes, escenarios de fracaso como parte del proceso de aprendizaje, y conectarse más al territorio periférico, a los bordes, al “fuera del centro”. En resumen: planificar pensando también en lo inesperado, en lo emergente, no solo en lo rígido. 

5. Escalas híbridas y gobernanza distribuida 
Sassen muestra que la escala nacional ya no es suficiente para comprender la ciudad. Las dinámicas operan en la escala subnacional, local, metropolitana, y global al mismo tiempo. La planificación urbana del siglo XXI debe por tanto adoptar una mirada multiescala : ¿cómo articula la ciudad con su región, con su red global, con plataformas digitales? ¿Cómo regula actores que cruzan fronteras, datos, capital y personas? Esto exige instrumentos híbridos: normativas locales con abiertas para lo global, mecanismos de gobernanza que involucren actores públicos, privados y comunitarios, y visiones de largo plazo que superen ciclos políticos. 

6. Priorizar la “igualdad momentánea” del espacio público 
Un elemento poco tradicional pero central en Sassen es la idea del espacio público como momento de igualdad: un lugar donde se encuentran distintos grupos, se negocia ciudadanía, se visibiliza el derecho a la ciudad. Este enfoque reclama que la planificación urbana no solo diseñe vías, parques o plazas, sino que los plantee como infraestructura social, con normas de acceso, gestión participativa y calidad urbana. Esto implica que la planificación debe integrar criterios de equidad espacial y vigilar que la expansión urbana o los nuevos desarrollos no creen exclusión indirecta.  

6 Reflexión final y visión de futuro 
Aplicado a la planificación urbana en contextos como ciudades medianas o en vías de expansión digamos, en América Latina, la perspectiva de Sassen obliga a pensar en políticas más allá del “crecimiento urbano” por sí mismo. Implica: gestionar el valor del suelo, anticipar la integración de infraestructuras inteligentes, asegurar que los nuevos frentes urbanos se articulen con redes globales sin desarticular tejido local, priorizar la inclusión antes que la mera densificación, y diseñar gobernanzas que permitan adaptabilidad y experimentación. 

El siglo XXI no será de ciudades máquina ordenadas exclusivamente por planos rígidos, sino de redes vivas, de flujos rápidos, de conectividades globales y desafíos de equidad. La planificación urbana tiene que cambiar de casilla: de ordenar el espacio a orquestar sistemas urbanos. Y sí, también puede tener un poco de humor: si la ciudad global quiere que la gobernemos como software abierto, es mejor que la planificación tenga actualizaciones constantes, parches de equidad y versión beta perpetua. 

finalmente puedo decir que la mirada de Sassen concluye que la nueva planificación urbana debe ser más dinámica, conectada, crítica, equitativa y experimental. Hoy la ciudad no espera, la ciudad ya es. Y la planificación debe correr al ritmo del futuro, no del pasado. 

 

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